DUODÉCIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Desde el comienzo de la asamblea dirigimos al Señor una plegaria, cuyo tema seguirá resonando durante toda la celebración. Le pedimos que nos haga «vivir siempre en el amor y respeto de su santo nombre». Nuestra vida no puede escapar a la mirada de Dios. Para el creyente, el conocer esto constituye un honor, le produce júbilo y seguridad el trabajar bajo esa mirada con respeto y amor. Amor y respeto, tal es la actitud que conviene adoptar ante Dios. Siguiendo a Moisés, Elías, Isaías y los restantes profetas del Antiguo Testamento, el hombre no puede contemplar al infinitamente Santo sino con temblor. Pero ese mismo Dios infinitamente Santo es también el Dios‑Amor: es «fuerza para su pueblo», le «da la comida a su tiempo», vivió entre los hombres bajo la apariencia del «Buen Pastor que da la vida por las ovejas». Por consiguiente, es oportuno que le correspondamos «con la ofrenda de nuestro amor».
Este amor, henchido de deferencia y respeto, no es un sentimiento superficial. Ha de constituir una especie de tierra nutritiva, en la que encontremos nuestro «sólido fundamento». Una solidez así no puede provenir de nuestras solas fuerzas. Por tanto, le pedimos al Señor que dé consistencia a nuestro amor y lo renueve sin cesar en su Eucaristía.


ANTÍFONA DE ENTRADA                 Sal 27, 8‑9

El Señor es fuerza para su pueblo, apoyo y salvación para su Ungido. Salva a tu pueblo y bendice tu heredad, sé su pastor y llévalos siempre.

ORACIÓN COLECTA

 Concédenos vivir siempre, Señor, en el amor y respeto a tu santo nombre, porque jamás dejas de dirigir a quienes estableces en el sólido fundamento de tu amor. Por nuestro Señor.


LECTURAS

En el evangelio, luego de la confesión de fe de Pedro, Jesús anuncia su pasión e invita a sus discípulos a tomar cada uno su cruz para seguirle. En atención al anuncio de la Pasión se lee en la primera lectura la profecía de Zacarías, que hace que nuestros ojos se dirijan hacia el misterioso Siervo doliente, prefiguración de Cristo en cruz. San Pablo nos recuerda que, por hallarnos unidos a Cristo a causa del bautismo, no formamos ya más que un solo ser entre nosotros mismos. Nada debe separar a quienes se reconocen en la fe hijos de Dios. ¿Seremos capaces de reconocer esta revelación fundamental por encima de nuestras divisiones?

  Lectura del Libro de Zacarías 12, 10-11

Esto dice el Señor: Derramaré sobre la dinastía de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de gracia y de clemencia. Me mirarán a mí, a quien traspasaron, harán llanto como llanto por el hijo único, y llorarán como se llora al primogénito. Aquel día será grande el luto de Jerusalén, como el luto de Hadad-Rimón en el valle del Meguido.
 
 

SALMO RESPONSORIAL 62

R/ Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.

Oh Dios, tú eres mi Dios,
por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti
mi carne tiene ansia de ti
como tierra reseca,
agostada, sin agua.

¡Cómo te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mis labios.

Toda mi vida te bendeciré,
y alzaré las manos invocándote.
me saciaré como de enjundia y de manteca
y mis labios te alabarán jubilosos.

Porque fuiste mi auxilio
y a la sombra de tus alas canto con júbilo;
mi alma está unida a ti
y tu diestra me sostiene.

  Lectura de la Carta del Apóstol S. Pablo a los Gálatas 3, 26-29

Bautis3x.jpg (12251 bytes)Hermanos: Todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Los que os habéis incorporado a Cristo por el bautismo, os habéis revestido de Cristo. Ya no hay distinción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres, porque todos sois uno en Cristo Jesús. Y si sois de Cristo, sois descendientes de Abrahán y herederos de la promesa.

 Lectura del santo Evangelio según San Lucas 9 18-24

Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos, les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?» Ellos contestaron: «Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.» El les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Pedro tomó la palabra y dijo: «El Mesías de Dios.» El les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y añadió: «El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día.» Y, dirigiéndose a todos, dijo: «El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará.»


Oración de los Fieles

Elevemos, hermanos y hermanas, nuestros ojos al Señor, y esperemos confiados su ayuda salvífica: Respondemos a cada petición: Señor, ten piedad.

Por el santo Padre, el Papa, por nuestros obispos y por todos los sacerdotes y diáconos de Jesucristo, roguemos al Señor.

Por el buen tiempo, por el fruto de las investigaciones de los estudiosos y por la prosperidad del trabajo de todos, roguemos al Señor.

Por las vírgenes consagradas al Señor y por los religiosos que trabajan en nuestras comunidades, roguemos al Señor.

Por todos los que hacen el bien en nuestras parroquias y por los que cuidan de los pobres y de los enfermos, roguemos al Señor.

Escucha, Padre de misericordia, las oraciones de tu pueblo y haz que seamos fieles discípulos de aquella sabiduría que reconoce como a único maestro a Cristo elevado sobre la cátedra de la cruz, para que, fieles a sus enseñanzas, aprendamos a vencer las tentaciones y el miedo que germinan en nosotros y arraigan en el mundo, y caminemos con paso decidido hacia la vida eterna por el camino de la cruz. Por Jesucristo, nuestro Señor.

 ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Acepta, Señor, este sacrificio de reconciliación y alabanza, para que, purificados por su poder, te agrademos con la ofrenda de nuestro amor. Por Jesucristo.

Prefacio
Nuestra salvación por el Hijo de Dios

El Señor esté con vosotros.
Y con tu espíritu.
Levantemos el corazón.
Lo tenemos levantado hacia el Señor.
Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
Es justo y necesario.

En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación,
darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo,
Dios todopoderoso y eterno.
Porque manifestaste admirablemente tu poder
no sólo al socorrer nuestra débil naturaleza
con la fuerza de tu divinidad,
sino prever el remedio en la misma debilidad humana;
y así, de lo que fue causa de nuestra ruina
hiciste el principio de nuestra salvación, por Cristo, nuestro Señor. Por él los ángeles te cantan con júbilo eterno,
 y nosotros nos unimos a sus voces 
cantando humildemente tu alabanza:

Santo, Santo, Santo …

ANTÍFONA DE COMUNIÓN        Sal 144, 15

Los ojos de todos te están aguardando, tú les das la comida a su tiempo.
0, bien:Jn 10, 11.1
Yo soy el Buen Pastor, yo doy mi vida por las ovejas - dice el Señor.

ORACIÓN DESPUÉS, DE LA COMUNIÓN

Renovados con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo, imploramos de tu bondad, Señor, que cuanto celebramos en cada eucaristía sea para nosotros prenda de salvación. Por Jesucristo nuestro Señor.

MESÍAS POR AMOR

Nosotros creemos en Jesús. Su palabra nos hace vivir. Su resurrección es una puerta abierta a la esperanza. Sabemos que seguirle, confesarle como el Mesías no es trotar torpemente por las huellas que han dejado sus pasos. Es avanzaren la misma dirección que Él, con la misma luz en la mirada, con las manos abiertas, con el corazón siempre ofrecido.
Seguir a Jesús es difícil: no es posible seguir su acogida y no tratar a todos los hombres y mujeres como a iguales; no es posible seguir sus bienaventuranzas y seguir aferrado a las riquezas, sean del tipo que sean.
Caminar detrás de Jesús no es fácil: trata con los marginados, acepta el sufrimiento, rechaza la violencia, llama a Dios Padre y a la gente hermano; pasa por la vergüenza de la cruz... por amor.
Éste es su poder y esto es lo que nos hace superar todos los obstáculos: no hay nada que detenga una vida empapada por el amor.